—¿Y qué es de Merelo? No ha venido todavía.
—Hasta las doce no puede venir—contestó Rivera.—De diez á doce conspira siempre contra las instituciones en el café del Siglo.
—Yo pensé que era en Levante.
—No, en Levante es á última hora, de dos á tres.
El primero que había hablado es aquel mismo señor Marroquín, de perdurable memoria, profesor de Miguel en el colegio de la Merced, enemigo nato del Supremo Hacedor y hombre hirsuto hasta donde un bípedo puede serlo. La razón de encontrarse allí es la siguiente: Un día, cuando estaba concluyendo de almorzar, pasaron á Miguel recado de que un caballero le aguardaba en el despacho. El caballero era Marroquín, que más parecía por la traza un mendigo. Tan pobre, sucio y raído estaba. Al ver á su discípulo se enterneció, aunque parezca extraño. Después le contó, con verdadera elocuencia, que no tenía una peseta, y se morían de hambre él y sus hijos, concluyendo por pedirle una plaza de redactor en La Independencia.
—Yo no soy propietario del periódico, querido Marroquín. Lo único que puedo hacer por usted es darle una carta para el general conde de Ríos.
En efecto, le dió la carta, y Marroquín se presentó con ella en casa del general; pero tuvo la mala fortuna de llegar en la peor sazón, cuando aquél, hecho un energúmeno por los pasillos de su casa, recordaba el repertorio de juramentos en que tanto se había distinguido el sargento Ríos. La razón era que uno de sus pequeños se había bebido un frasco de tinta persuadido de que era Valdepeñas. Si tienen ó no los juramentos é interjecciones de los carreteros influencia decisiva en los envenenamientos, no lo sabemos; pero el general los empleaba con la misma fe que si se tratase de un antídoto poderoso. El paciente inclinaba su cabecita pálida contra la pared derramando copioso llanto.
—¿Qué trae usted?—le preguntó el conde clavándole una mirada iracunda.
—Una carta—contestó el pobre Marroquín presentándosela con mano trémula.
—¡Vomita!—gritó el general con los ojos llameantes.