—¡Gotas de luz! ¡Qué bonito es eso, Rivera! ¡Qué bonito!
—Era una mujer á propósito para hacer un poco de tiempo vida oriental.
—¡Eso es! Refugiados en un minarete, aspirando los perfumes de la Persia, dejando que sus manos de nácar acaricien nuestros cabellos, libando en su boca de rosa el néctar de la voluptuosidad.
—Veo con regocijo, Sr. de la Floresta, que está usted en lo firme. Hagamos punto, sin embargo. Se le han subido á usted las frases á la cabeza y preveo un desenlace fatal.
El redactor sonreía avergonzado y continuaba su tarea.
Un joven delgado, de pómulos salientes, ojos oblicuos y andar desgarbado entró haciendo mucho ruido y tarareando algunos compases de vals. Se acercó á la mesa donde escribía Miguel, y dándole una palmadita en el hombro, dijo con alegre entonación:
—Hola, amigo Rivera.
Este, sin levantar la cabeza, respondió muy gravemente:
—Despacio, despacio, Sr. Merelo; despacio, que no somos todos iguales.
Los redactores rieron.