La Áurora divina, la del velo azafranado escalaba ya las alturas del Guadarrama cuando el mancebo despertó en la misma fatídica disposición de ánimo. ¡Triste día, aquel que comenzaba, para una familia inocente (el profesor de Álgebra tenía seis hijos) si Júpiter no se hubiera apresurado á enviar á la cabecera del héroe á su hija Minerva en figura de ama de gobierno!
—Jacobito, querido, te estarás muriendo de debilidad, hijo mío. Aquí te traigo el chocolate con ensaimada, que es lo que más te gusta.
Restregóse los ojos el mancebo, dirigió una severísima mirada al chocolate que tan tiernamente le presentaban, y se dispuso á tomarlo, no sin rechinar antes los dientes de un modo fatal que puso en alarma á la buena D.ª Adelaida.
—Vamos, Jacobito, hijo mío, no te apures ni te disgustes tanto, que vas á caer enfermo... La cosa ya no tiene remedio... El acostarte sin tomar nada ha sido una locura. Tu padre se irá conformando, al cabo, y todo se arreglará. Habrás dormido muy mal, ¡claro está! ¡Te empeñas en jugar con el estómago!... ¿Y ahora qué piensas hacer, hijo mío? Te tengo miedo con ese geniazo tan arrebatado que Dios te dió.
Jacobo al oir esta pregunta suspendió un instante la faena odiosa de engullir el chocolate, levantó la airada vista hacia el ama y exclamó con furor reconcentrado:
—¿Qué pienso hacer?... ¡Ya se verá, ya se verá lo que pienso hacer!
Y aquí se puso de nuevo á rechinar los dientes de tal modo que D.ª Adelaida, sobresaltada, se apresuró á decir:
—¡Vaya, calma, calma, Jacobito! Ya sabes que yo te he visto nacer, y que tu santa madre, que te dejó bien chiquito la pobre, me ha encargado velar por ti. Si hicieses algún disparate, me matarías de pena... Vamos, hijo mío, díme qué piensas hacer...
El mancebo, rechazando con un movimiento enérgico la jícara vacía y rodando convulsimamente los ojos, gritó más que dijo:
—¿Quiere usted saber lo que pienso hacer?... ¡Pues voy á decírselo ahora mismo!... Iré á la fábrica, me pondré la blusa, mancharé mis manos con el sebo, arrastraré las cajas de bujías, me tostaré la cara al pie de los hornos... Y cuando alguna persona desconocida llegue á la fábrica, los obreros podrán decir:—¡Ese que usted ve ahí sucio, asqueroso, hediondo, ha sido en otro tiempo un caballero cadete, un cadete de Estado Mayor!... ¡Ah—terminó con voz sorda,—no saben, no saben todavía de lo que es capaz Jacobo Utrilla!