El ama que, aunque esperaba una resolución violenta, no era de este carácter, prorrumpió en un grito de alegría.
—¡Eso, eso, hijo mío! Esa es la mejor manera de darles en cara á tu padre y á tu hermano, que me tienen ya apestada, diciendo que no sirves para nada, que eres un holgazán...
—Mas antes de eso—interrumpió Jacobo extendiendo ambas manos en ademán de contener alguna avalancha que se viniese encima—es forzoso que uno de los dos perezca.
—¡Virgen de Atocha!—exclamó D.ª Adelaida.—¿Quién ha de perecer, Jacobito? ¡Por Dios, no te vuelvas loco! ¿Quieres que muera tu padre?
—¡No es eso, señora, no es eso! Se trata del profesor de Álgebra, con el cual probablemente esta tarde ó á más tirar mañana por la mañana cambiaré una bala.
—¿Y qué te ha hecho el profesor de Álgebra? ¿Sacarte mal en el examen? Pues si hubieras estudiado, como tu padre te mandaba, no te hubiera sucedido eso.
—¡Señora—gritó Utrilla con voz estentórea, infernal, de tal modo que D.ª Adelaida dió un paso atrás asustada,—no hable usted de lo que no entiende! El Álgebra ya me duelen las narices de tenerla aprobada. Lo que me ha hecho es una burla, que no puede tolerar el hijo de mi padre, ¿sabe usted?
—Vamos, sosiégate, Jacobito. Estás muy alterado desde ayer. Acaso no sea eso que tú piensas. Puede que ese señor no haya tenido intención de burlarse de ti.
—Aunque no haya tenido intención, el hecho es que se ha burlado, y yo no he tolerado hasta ahora, no tolero, no toleraré jamás que nadie se quede conmigo. Ya sabe usted que en este punto soy un hombre muy especial.
—Ya lo sé, Jacobito, ya lo sé. Tienes el genio lo mismo que tu abuelo (q. e. g. e.). ¡Qué señor aquel! Era una pólvora. Figúrate que una vez estando afeitándose oyó un grito en el patio; volvió la cara tan deprisa, que se dió un tajo en las narices tremendo... Pero es necesario contenerse, hijo mío, reprimir un poco el genio para poder vivir en el mundo. Yo creo que si ese profesor se ha querido reír de ti, lo que debes hacer es reirte de él.