Tal fué, con leves variantes, el consejo que en los tiempos primitivos de la Grecia dió Minerva, la diosa de los ojos resplandecientes, al divino Aquiles en su famosa reyerta con el Atrida Agamenón. Fuerza es reconocer que nuestro héroe no se mostró tan sumiso á las órdenes de la diosa como el hijo de Peleo. En vez de envainar como éste la espada inmediatamente y someterse, se negó á incoar otro procedimiento que no fuese el de la fuerza. Lo único que D.ª Adelaida pudo conseguir, después de muchos ruegos, fué que aplazase para otro día la destrucción del profesor.

Aquella misma mañana, sin embargo, puso por obra su enérgica decisión de ir á la fábrica y trabajar allí todo el día «como un perro», lo cual es de presumir que dejaría enteramente avergonzados y confusos á su señor padre y hermano, aunque lo disimularon perfectamente. Vencidas de esta suerte, gracias á su increíble audacia y sangre fría, la mayor parte de las dificultades que su posición excepcional le había originado, lo único que le traía desasosegado era que Julita no llevase á bien aquel prematuro retiro del servicio militar. Así que tardó algunos días en comunicárselo. Mas no fué parte sólo el temor de enojarla para ello, sino también el que desde hacía algún tiempo no veía tan á menudo á su novia como antes. Julita había dado en la funesta manía de no salir al balcón sino raras veces, y en la no menos desastrosa de poner obstáculos al envío regular de las cartas. No obstante, Utrilla le escribió una noticiándole que «por razones de familia, y para atender al arreglo de sus intereses, se había separado del servicio». Fué la manera más decorosa que halló de decirle que le habían reprobado. Contra lo que él presumía, á Julia no le produjo gran efecto la noticia; tanto, que tardó cinco ó seis días en contestarle, y al cabo le dijo: «que si había dejado la carrera porque así le conviniese, hacía perfectamente; pero que de allí en adelante hiciese el favor de no escribirle por medio de la portera, pues tenía razones para oponerse, y que esperase á que ella le dijese á quién había de entregarle la carta.»

Justamente en estos días fué cuando Miguel tropezó con el ex cadete dos veces. Éste se alegraba tanto de verle y le mostraba tal simpatía y cariño, que Rivera no podía menos de corresponderle, llevando su magnanimidad hasta llamarle alguna vez «futuro cuñado».—Si de todos modos se ha de llevar un pillo á mi hermana, más vale que sea usted, amigo Utrilla—le decía. El antiguo cadete se hinchaba de gozo hasta rompérsele el pellejo, no sólo por la perspectiva del matrimonio con Julia, sino por oirse llamar pillo de modo tan galante. En ambas entrevistas le rogó encarecidamente que le hiciese el honor de visitar su fábrica, pues tenía grandes deseos de mostrársela, y de manifestarle las grandiosas reformas que pensaba operar en ella, si su padre y hermano (que aquí para los dos son unos rutinarios) no se oponían fuertemente. Con tal viveza expresó su deseo, que al fin cierta tarde, Miguel se decidió á tomar un coche y plantarse en los Cuatro Caminos, donde no le fué difícil topar con la fábrica de bujías de Utrilla y Compañía.

—¿Está el Sr. Utrilla?

—D. Manuel no suele venir por la fábrica. Vive en la calle del Sacramento, número cuarenta y seis.

—Busco á su hijo.

—¡Ah, D. Rafael!—dijo el portero.—Sí, señor, está pase usted.

—Es á D. Jacobo á quien busco.

—¿D. Jacobo?—manifestó el portero indeciso y sonriendo.—¡Ah, sí señor, Jacobito! ¡Ya no me acordaba! También está, pase usted.

Utrilla estaba escribiendo en compañía de su señor hermano, el cual, al saber que se trataba de un amigo de Jacobo, apenas se dignó levantar la vista y saludar con un leve movimiento de cabeza. En cambio, Utrilla se puso colorado hasta las orejas y vino á abrazarle con presteza.