—¡D. Miguel! ¿Usted por aquí?... ¡Cuánto le agradezco!... Rafael—añadió dirigiéndose á su hermano,—voy á enseñar la fábrica al Sr. Rivera...
Rafael sin levantar la cabeza respondió secamente:
—Está bien.
Salieron del despacho y recorrieron los talleres lentamente, parándose á examinar el mecanismo de cada operación, que Utrilla explicaba en voz alta. De vez en cuando llamaba con tono imperioso.
—Pepe, tráete ese molde... Enrique, levanta esa tapa.
Los subordinados no se apresuraban á cumplimentar estas órdenes, y era necesario entonces que las repitiese con una voz que envidiaría cualquier bajo de ópera.
El traje del ex cadete por la fábrica no podía ser más sencillo: pantalones de dril, camiseta encarnada, zapatillas y una americana vieja con el cuello levantado. Aunque hiciese mucho calor, Utrilla, lo mismo en la calle que en casa, llevaba siempre el cuello de este modo, lo cual daba á su figura cierta expresión de hombre arruinado por los vicios; y esto era lo que á él le encantaba. En el taller de mujeres, Utrilla se autorizó con las operarias algunas libertades, como guiñarles el ojo, tirarles suavemente del pañuelo y decirles una que otra cosita picaresca.
—Usted me dispensará, D. Miguel; son resabios de la vida militar. Aunque á uno le peguen cuatro tiros, no puede menos de decir alguna guasa á las muchachas.
—Nada, nada, por mí no se reprima usted, amigo Utrilla.
—Hombre, va usted á ver una cosa muy original que se me ha ocurrido estos días. ¡Se va usted á sorprender!... Ya me decía el maestro del taller: «Lo que á usted no se le ocurre, señorito, no se le ocurre al diablo».