—Veamos.
Le condujo entonces al depósito, y abriendo un armario le mostró algunos paquetes de bujías con unas etiquetas litografiadas que decían Julia (bujía extra-fina).
—¿Qué tal?—preguntó con aspecto radiante y triunfal.
—¡Muy bonito! ¡Muy delicado!—repuso Miguel sonriendo.
—Hombre, no, muchas gracias.
—Nada, nada, se lo lleva usted... y si no se lo envío.
Desde allí le condujo á un cuarto que era un departamento destartalado, con un mal sofá de paja, tres ó cuatro sillas y una mesa con pupitre. En la pared había una panoplia con el ros, la espada, las espuelas del uniforme de cadete, un par de floretes y una careta. Utrilla confesó á su amigo que no podía mirar á aquella panoplia sin tristeza, recordando «los buenos tiempos del servicio».—¡Qué vida tan alegre la del militar! Crea usted, Sr. Rivera, que á pesar de lo riguroso de la ordenanza, la echo mucho de menos.—Después le ofreció un cigarro, y sacando una gran boquilla de espuma de mar, se puso tranquilamente á culotearla, refiriéndole al mismo tiempo, con la satisfacción de un veterano, algunas anécdotas de su vida de academia.
—Es bonita esa boquilla. ¿Qué representa?
—Un cañón sobre una pila de proyectiles... Quédese usted con ella, D. Miguel.