—No faltaba más—respondió éste devolviéndosela.—Está muy bien empleada.
—Pues yo tengo mucho gusto en que usted se quede con ella, y no la tomo.
—¡Vamos, no sea usted así, amigo Utrilla!
—Tírela usted al suelo si quiere, pero yo no la tomo.
Y no hubo más remedio que guardarla.
Después el antiguo cadete hizo que la conversación recayese sobre Julia, para implorar de su hermano protección, pues le había escrito cuatro cartas y á ninguna había contestado.
—Usted comprenderá, querido Utrilla—dijo Miguel poniéndose serio,—que este asunto es muy delicado y que yo no debo mezclarme en las cosas de ustedes.
—Es que—repuso el cadete exhalando un suspiro—con este carácter violento que Dios me dió, le he mandado hoy una carta diciéndole que, si persistía en su conducta, hiciese el favor de no escribirme más... y temo que se enfade de veras.
—Yo también temo—dijo Miguel riendo—que cumpla al pie de la letra su encargo.
El cadete quedóse algunos momentos pensativo y sombrío. Después, saliendo de su estupor doloroso y pasándose la mano por la frente, dijo: