—Pero, á todo esto, usted no se ha lavado las manos, D. Miguel.
Éste le miró con sorpresa.
—En la fábrica—siguió el cadete—siempre se ensucian. Aquí tiene usted jofaina y jabón.
—Muchas gracias, no las tengo sucias.
Pero Utrilla le presentaba al mismo tiempo la jofaina trasvertiendo de agua clarísima, y la jabonera, de tal modo que Miguel, por no aparecer enemigo de la limpieza, consintió en lavárselas. El jabón despedía un fuerte olor á naranja.
—¿Sabe usted que es un jabón muy fino y muy agradable?—dijo Rivera por decir algo.
—¿Le gusta?... Pues voy á darle á usted una pastilla...
—¡Amigo mío, por Dios!
Utrilla, sin escuchar sus protestas, sacó del pupitre el jabón, lo envolvió en un papel y se lo metió casi á la fuerza en el bolsillo. De allí en adelante se guardó Miguel de alabarle ningún objeto que estuviese á la mano.
Al despedirse, el ex cadete le apretó las manos con efusión y le dijo con voz conmovida: