—No deje de hablarla. ¡Si viera usted qué triste y qué inquieto estoy!
La verdad es que harto motivo tenía para ello, como se verá en el capítulo siguiente.
VI
I tu hijo fuese á parar á una fonda viviendo yo en Madrid, me enfadaría con él y contigo—había escrito la brigadiera Ángela á su prima María Antonia. Y su prima le contestó: «He dado traslado de tu carta á Alfonso, advirtiéndole que tendría mucho gusto en que se hospedase en tu casa. Aunque rebelde casi siempre á mis consejos, espero que esta vez me complacerá. Lo que siento, querida, es que su estancia te cause alguna molestia, porque yo no sé qué clase de hábitos habrá adquirido por París; pero tú lo has querido, tú te lo ten».
La brigadiera hizo arreglar la habitación que había ocupado Miguel, con tal esmero y cuidado, tanto mortificó á su hija Julia en los pormenores de la cama, las cortinas, etc., que la niña no llamaba á su primo más que el niño de la bola, cuando hablaba de él con las criadas. Antes de conocerle ya le era profundamente antipático. No poco contribuyó á ello también el que el viajero les dió por dos veces chasco anunciando su llegada. Las noticias que de él tenía tampoco eran muy favorables. Alfonso Saavedra había quedado sin padre desde muy niño, y heredero de una fortuna considerable. Su madre no tuvo energía ó habilidad bastante para educarle. Ni terminó carrera alguna, ni se ocupó en otra cosa que en divertirse y dar rienda suelta á sus pasiones, que, al decir de la gente, no podían ser más violentas. Contábanse de él algunas calaveradas chistosas, y otras muchas repugnantes. Había residido casi constantemente en París desde muy joven, donde había mermado bastante su capital; pero como aún le quedaba la herencia de su madre, que era tan cuantiosa ó más que la de su padre, vivía tranquilo y gastaba largo.
Al fin se recibió un telegrama noticiando la salida de París del niño de la bola. Y al día siguiente por la mañana ya estaba allí. Cuando oyó sonar la campanilla Julita, haciéndose la distraída, se retiró al cuarto de la costura, y comenzó á burlarse con la criada del aparato que su primo desplegaba, pues se advirtió en el pasillo mucho ruido de trastos.
—¿Dónde le han introducido, Inocencia?—preguntó á la doncella, que entraba en aquel momento.