—Está en el gabinete con mamá.

Á los pocos minutos se oyó un fuerte campanillazo.

—Llama la señora—dijo Inocencia corriendo.

—Señorita, que haga el favor de ir al gabinete en seguida, dice su mamá—manifestó al tornar.

—Bueno—respondió Julita, de mal humor.—¿Están sentados?

—Sí, señorita.

—Pues entonces pueden aguardar sin molestarse.

Mas á los pocos instantes se repitió el campanillazo con más fuerza, y la niña, adivinando el enojo de su madre, se levantó de malísimo talante, y dejando caer la costura exclamó con acento desdeñoso:

—¡Vaya, vamos á ver á D. Alfonso, Príncipe de Asturias!

D. Alfonso era hombre de unos treinta y cinco años de edad, buen mozo, de facciones correctas, las mejillas rasuradas y los bigotes retorcidos al estilo francés. En sus cabellos negros y ondeados brillaba tal cual hebra de plata; pero éste era el único signo que acusaba su madurez. Por lo demás, sus mejillas frescas y sonrosadas, la dentadura blanca y cuidada y los ademanes sueltos y graciosos le daban aspecto de muchacho. Su traje de viaje era elegante y coquetón, con ciertos perfiles parisienses no conocidos en Madrid. Julita se hizo cargo de todo ello con una rápida ojeada. No era éste el hombre que esperaba encontrar. Oyendo hablar de su primo como de un calavera gastado, se lo había representado siempre amarillo, flacucho, desgalichado, echando el pulmón por la boca como otros calaveras madrileños que conocía de vista.