Al ver á la joven se levantó apresuradamente.
—¡Oh, qué prima tan linda!—exclamó apretándole al mismo tiempo la mano de un modo cariñoso y franco.—¿Me perdonarás que te haya distraído de lo que estabas haciendo, verdad?
—No estaba haciendo nada... Siéntese usted.
D. Alfonso quedó un instante suspenso y, sentándose, exclamó con un gesto de resignación:
—¡Qué terrible desengaño, tía! Su hija no se atreve á tutearme... ¡Estas canas maldecidas!
Julita se puso fuertemente colorada.
—¡No es eso!
—Entonces es que te he sido antipático, confiésalo... Pero yo no tengo la culpa, ni de ser viejo, ni de que tu mamá te haya molestado por mi causa.
Julita, cada vez más colorada, no sabía cómo defenderse. Su madre vino en auxilio.
—Ni lo uno, ni lo otro, Alfonso; lo que hay es que como no te ha conocido hasta hoy, le da vergüenza.