No se cansó de loarla D. Alfonso, encontrándolo todo á su gusto.
—Voy á estar aquí como el pez en el agua, tía. Va usted á tener que echarme; ya verá usted.
—Te advierto—dijo Julia—que la cama la he hecho yo. No digas después que has dormido mal.
En cuanto soltó estas palabras, tan propias de su carácter festivo, arrepintióse de haberlas dicho y se ruborizó. D. Alfonso volvió la cara hacia ella y la miró con cierta curiosidad risueña.
—Precisamente por eso dormiré mal, primita. No has hecho bien en decírmelo.
Julita se puso mucho más encarnada, y para disimular su turbación principió á arreglar los frascos del tocador y salió en seguida del cuarto. Dejólo solo al fin la brigadiera, y poco tiempo después se presentó de nuevo en la sala con otro traje de última y acabada elegancia.
—Julita—dijo la brigadiera,—avisa que pongan el almuerzo. Ya tendrás debilidad, Alfonso.
—No, tía, lo que tengo es hambre. La palabra es más prosaica, pero más exacta.
La brigadiera aceptó riendo el brazo que su sobrino le ofrecía para ir al comedor. Durante el almuerzo las tuvo de igual modo agradablemente entretenidas, contándoles mil sucesos curiosos, pintándoles minuciosamente las soirées del gran mundo parisién, y de ellas lo que más podía interesarlas, como era lo referente al tocado de las señoras y al adorno de los salones. Enmedio de la conversación, no se olvidaba, sin embargo, un instante de aquellas atenciones galantes y cuidados que su situación exigía. Sin mirar hacia allá veía cuándo le faltaba vino á Julia, ofrecía aceitunas á su tía, le acercaba la mostaza, le cortaba el pan, etc., etc. Julia estuvo alegre, decidora como siempre, acaso más que otras veces; pero en cuanto soltaba cualquier expresión más ó menos picaresca, se ruborizaba bajo la mirada firme, risueña y levemente irónica de su primo. Era la primera vez que se hacía violencia para estar graciosa y atrevida. Saavedra, cuando la niña tenía alguna ocurrencia feliz, levantaba la cabeza y con su sonrisa parecía decir: «Tiene gracia esta chiquilla». Esta sonrisa humillaba un poco á Julia, pues debajo de ella leía un sentimiento de protección desdeñosa, ó por lo menos una indiferencia absoluta, mal cubierta por la extremada cortesía que se desprendía de todas sus palabras y ademanes. Porque eso sí, D. Alfonso no se descuidaba un instante, no perdía una sola ocasión de manifestar su rendimiento y decir, lo mismo á su tía que á su prima, cuanto pudiera serles agradable.
En los días sucesivos no desmintió tampoco jamás su galantería. La brigadiera escribió á su prima manifestándole «que no un mes, sino toda la vida tendría á su hijo en casa; que era un perfecto caballero, y que en España los jóvenes no son capaces de adquirir una educación tan esmerada y unas maneras como las que él poseía». Entre él y Julia reinó pronto cordial y perfecta confianza. La niña le entretenía con su charla animada y pintoresca, que recordaba al expatriado sus años de infancia y adolescencia. D. Alfonso tocaba también la guitarra, y á esta habilidad y á la de cantar polos y sevillanas con alguna gracia, debía no pocos triunfos en los salones de la capital de Francia. Mas allí tocaba y cantaba para impresionar á las bellas y hacerse notar, mientras aquí para darse gusto y traer á la memoria días ó sucesos felices. Cuando tornaba á casa por la tarde, una hora antes de comer, gustaba de sentarse al lado de su prima, y con la guitarra sobre las rodillas, cantar todo el repertorio, no sólo de canciones clásicas, sino de pasacalles, habaneras y polkas de su tiempo. Julia le iba recordando algunas que él ya tenía olvidadas, y cada vez que esto sucedía, batía las palmas de gozo y alababa con entusiasmo la memoria de su prima. Ésta se hallaba en sus glorias aquellos días. No sólo tenía conversación y estaba entretenida gran parte del día previniendo las necesidades del forastero, inspeccionando el planchado de su ropa y la limpieza y aseo de su cuarto y curioseando con alegría infantil en el equipaje, sino que á todas horas se estaba oyendo llamar bonita, graciosa, elegante, encantadora. ¡Y qué muchacha sobre la tierra no goza con esto! Porque D. Alfonso poseía talento singular para echar requiebros sin repetirse y sin descender á las vulgaridades eternas, y sabía recoger con maestría cualquier ocasión para ensalzar todas y cada una de las partes del agraciado cuerpo de la niña. Unas veces eran sus manos, «¡se las comería!»: otras era su dentadura: «en el extranjero se veían muy pocas bocas frescas así como aquélla»; otras, en fin, eran sus cabellos negros como el azabache: «ya estoy cansado de no ver más que estopa sobre la cabeza de las mujeres». Sin darse cuenta cabal de ello, la niña esperaba con impaciencia por las tardes la llegada de su primo, y si algo se retrasaba, alzábase del asiento á menudo y tornaba á sentarse sin motivo alguno. En estos días fué cuando nuestro bizarro amigo Utrilla escribió aquellas famosas cartas de que se ha hecho mención en el anterior capítulo.