Una tarde, al entrar en casa Saavedra, Julia cruzaba casualmente por el pasillo corriendo. Al pasar por delante de él, sin saludarle, le tiró por la punta de la corbata y le deshizo el lazo.
—¡Alto, alto, gitanilla! Ven á arreglarlo... No te perdono...
Pero ya Julia había desaparecido riendo. D. Alfonso la siguió. Hallóla en el comedor. La niña al verle echó á correr de nuevo y se metió en la cocina.
—¡No te escapas!—gritó Saavedra.
—Sí me escapo—respondió ella, desapareciendo de nuevo.
Corrieron ambos por el pasillo; mas al llegar cerca de la sala, Julia se volvió, y dando algunos pasos hacia su primo, le dijo:
—No me persigas más, te haré el lazo, pero no respondo de hacértelo bien.
—Basta con que lo hagas. Es un castigo que te impongo.
Riendo, pero con la mano un poco trémula, le arregló la corbata.
—¿Qué traes aquí colgando?—le dijo después bajando la cabeza para examinar un dije que el forastero traía en la cadena del reloj.