—Un corazón de oro... ¡como el mío!
Y al decir esto, se bajó y estampó un beso en el cuello de la joven.
Julia se irguió como si la hubiesen pinchado, se puso roja y, echándole una mirada severa, le dijo sordamente:
—Te advierto que no quiero que vuelvas á hacer eso.
Saavedra la miraba con ojos risueños, provocativos, y sin hacer caso alguno del enfado, siguió hablando con ella tranquilamente. Julia, vacilando qué partido tomar, contestaba gravemente á sus preguntas sin mirarle. Al cabo, el perfecto sosiego y la seguridad de su primo la fueron venciendo, y concluyó por mostrarse alegre como antes.
Las relaciones siguieron cordialísimas algunos días, hasta que de pronto Julia, sin saber por qué, comenzó á mostrarse seria y melancólica. Algunas tardes, en vez de ir á la sala á dar conversación al forastero, le dejaba solo con su mamá. Si le encontraba en el pasillo, le dirigía una mirada furtiva y severa, y le dejaba pasar sin decirle nada. Algunas veces, cuando aquél le dirigía la palabra, no contestaba, fingiéndose distraída; otras veces, si iba á entrar en el gabinete y estaba él allí leyendo un periódico, daba la vuelta rápidamente. Todas estas señales de desprecio ó resentimiento, aunque parezca raro, no causaban efecto alguno en D. Alfonso, el cual, como si no las advirtiese, continuaba desplegando con ella la misma galantería, y aun más si cabe, sin cambiar tampoco en un ápice sus costumbres, ni sus horas de salir y entrar en casa. No todos los días estaba triste Julia. Había algunos en que, sin motivo alguno tampoco, parecía extremadamente alegre, atronaba con sus gritos la casa, embromaba á su mamá, á su primo, á todos los que frecuentaban la casa, y se mostraba en sus chistes más atrevida que otras veces. Pero acaecíale de pronto, en medio de esta ruidosa alegría, quedarse algunos momentos con los ojos fijos, extáticos, y entonces su fisonomía tomaba una expresión dolorosa muy singular. En estos días risueños afectaba con el forastero amabilidad inusitada, como si quisiera indemnizarle de los pequeños desaires que en los anteriores le daba. D. Alfonso le robó otros tres ó cuatro besos, lo cual ocasionaba siempre una protesta enérgica por parte de la niña, y últimamente la amenaza formal de decírselo á su madre. Sin embargo, no eran éstos los días de tristeza y abatimiento.
Formaban, cierta tarde, tertulia Julia, Miguel y Maximina con el forastero, en el gabinete de la brigadiera. Julia estaba muy contenta. De pronto, Saavedra dice:
—Oyes, Julita, ¿tú no tienes novio?
La muchacha se puso como una cereza; después pálida. Miguel, viendo su turbación, y equivocándose de medio á medio acerca del motivo, acudió en su auxilio diciendo:
—Julia no se ha fijado todavía en ningún hombre. Tiene el carácter demasiado ligero...