—¿Qué sabes tu?—interrumpió aquélla con furia, echándole una mirada feroz.
—Yo pensaba, querida mía...
—Tú puedes hablar de lo que sepas. De lo que pasa dentro de mí nada sabes—repuso con entonación severa; y volviéndose á su primo, y mirándole á la cara fijamente, añadió:
—Y si lo tuviese, ¿qué?
—Nada—respondió tranquilamente D. Alfonso;—que me alegraría fuese digno de ti, lo cual no me parece fácil, dado lo que tú vales, primita.
—¡Oh, sí: yo soy una divinidad!—exclamó la niña con acento sarcástico.
Permaneció un momento pensativa, y levantándose salió del gabinete.
Miguel había quedado sorprendido de la contestación de su hermana, no tanto por el alcance de sus palabras, como por el tono violento y desdeñoso que hasta entonces jamás había usado con él. Y deteniéndose á meditar un instante, no anduvo lejos de averiguar lo que pasaba por el corazón de la niña.
Entró ésta de nuevo, al cabo de unos minutos, con el semblante risueño, lo mismo que antes, y comenzó á alegrar la tertulia con sus ocurrencias. No se sentó. Daba vueltas por la habitación, moviéndose con la gracia y la volubilidad que la caracterizaban. Miguel observó, no obstante, que había demasiada agitación en aquella alegría. Pasaba de una conversación á otra violentamente: hacía preguntas que ella misma se contestaba, y dejaba escapar carcajadas por el más liviano motivo. Sentóse al piano, y se puso á teclear fuertemente. Después cantó una romanza de ópera, que interrumpió súbitamente para empezar una canción española, que tampoco concluyó. Dejó el piano después para retozar con Maximina, á la cual, quieras ó no, hizo bailar una polka. Luego, la emprendió con su hermano, á quien besó repetidas veces, diciendo á Maximina:
—No te celarás, ¿verdad?