Los ojos del forastero la seguían en todas estas evoluciones, fijos, persistentes, con cierta leve expresión de ironía. Miguel lo observó, é hizo un gesto imperceptible de disgusto.

En los días que siguieron, el desdén que Julia mostraba á su primo se fué acentuando de un modo poco conveniente. Bastaba que él entrase en la habitación donde ella estaba para que inmediatamente se saliese. Si la invitaba á cantar ó á tocar el piano, se negaba rotundamente. No le dirigía la palabra, y si se veía obligada á contestar á alguna pregunta, lo hacía con mal humor y sin mirarle á la cara. La brigadiera advirtió estas faltas, y la reprendió severamente; mas no consiguió nada. D. Alfonso parecía no advertirlas, y seguía imperturbable practicando su exquisita cortesía, y aprovechando cualquier ocasión para tributarle alguna alabanza, que, por supuesto, ella recibía de malísimo talante.

Un día, á la hora de comer, de sobremesa ya, la brigadiera departía amigablemente con su sobrino. Julita guardaba silencio obstinado, haciendo bolitas de pan y mirando fijamente á la mesa. Se hablaba de un baile que iba á dar un duque, amigo de Saavedra, en el cual se quería resucitar el antiguo y clásico minué. Al efecto, hacía días que se estaban ensayando, y Saavedra había encargado un lujoso vestido de casaca y pantalón corto, cuyos pormenores estaba describiendo prolijamente á su tía. Julita levantó la cabeza, y fijando en él una mirada provocativa, le dijo, con cierto encono mal refrenado:

—Parece mentira que tú te ocupes en esas cosas.

—¿Por qué, primita?—preguntó sonriendo con amabilidad D. Alfonso.

—Porque tú ya eres un viejo—repuso la niña con acento despreciativo.

Ante aquella salida grosera hubo un instante de silencio. La brigadiera fué quien lo rompió indignada, sin que la ira le dejase terminar las frases.

—¡Chiquilla! ¡Insolente! ¡No te da vergüenza! ¿Cómo te atreves?... ¡Si me fuese á llevar del genio!.. (levantándose en actitud airada).—¡Á ver... ¡Sal ahora mismo de aquí, desvergonzada!...

D. Alfonso, sonriendo con la misma tranquilidad, procuraba calmarla diciendo:

—Pero ¿qué tiene de particular eso, señora? Julia no ha dicho más que la verdad. Es lo mismo que yo me digo todas las mañanas al peinarme... Lo peor de todo es que soy un viejo verde...