La brigadiera, sin escuchar, le señalaba la puerta á su hija con el brazo extendido. Ésta, saltándosele las lágrimas, pero con semblante hosco y fiero, salió del comedor.
D. Alfonso siguió haciendo esfuerzos para calmar á su tía, que, no habiéndose desahogado, según costumbre, de un modo más brutal, buscando la compensación, cubría de dicterios á su hija. Sosegada á medias, se levantó para dormir un poco la siesta. El forastero también se levantó con el cigarro en la boca, y con paso lento, perezoso, se fué hacia el cuarto de costura, donde esperaba hallar á su prima. En efecto, allí estaba leyendo un libro frente á una mesilla, con la cabeza apoyada en una mano y la otra pendiente sobre el respaldo de la silla. D. Alfonso se detuvo á la puerta y la contempló algunos instantes, dibujándose en sus labios una sonrisa indefinible. Julia permaneció inmóvil, rígida, frunciendo un poco más la frente. D. Alfonso se acercó lentamente hasta ella y, bajando con humildad la cabeza, posó los labios en la mano pendiente de la niña, diciendo al mismo tiempo:
—¡Perdón!
Julia dió un brinco dejando caer la silla, y se escapó como una exhalación.