A vida de los esposos se había ido regularizando. La casa estaba enteramente amueblada. Miguel se levantaba temprano y se iba al despacho á trabajar. Maximina quedaba algún tiempo más en la cama, desquitándose de los malos ratos que en el convento y en su casa la habían hecho pasar toda la vida. Porque su naturaleza reclamaba mucho sueño y jamás había podido satisfacer esta necesidad. Alguna vez se lo había pedido á su tía como una gracia singular.

—Tía, ¿cuándo me dejará usted dormir todo lo que yo quiera?

—Un día; un día te dejaré.

Pero ese día no llegó nunca. Á las cinco y media en invierno y las cinco en verano no había más remedio que ponerse en pie. Ahora que no tenía verdugo que la atormentase, pues Miguel, lejos de despertarla, se vestía haciendo el menor ruido posible, se dejaba arrastrar un poco de la pereza. Cuando al fin se levantaba y se iba derecha al escritorio, siempre saludaba á su marido avergonzada.

—¡Qué dirás de mí!

—¿Qué voy á decir, tonta? ¡Valiente cosa te has retrasado! No son más que las nueve y cuarto.

Maximina, que había visto al pasar en el reloj que eran cerca de las diez, agradecía aquella mentira á su marido, y le besaba con trasporte.

—Mira, otra vez has de llamarme cuando te levantes.

—Bueno, lo haré.

—¿Palabra formal?