—Palabra formal.

Claro está que Miguel no cumplía esta palabra formal. Le daba demasiada lástima para hacerlo.

En los primeros meses hicieron varias visitas y recibieron también algunas, entre ellas la de las señoritas gallegas que habían conocido en el viaje, las cuales manifestaban hacia Maximina una simpatía ardiente y bulliciosa propia de chicas. En todos sitios causaba la joven esposa grata impresión por su inocencia y humildad.

—¡Qué buena debe de ser su señora!—le decían á Miguel sus conocidos cuando le hallaban solo.

Y él sonreía con mal reprimido gozo exclamando:

—¡Es una chiquilla!

Pero decía para sí:

—Dios me ha iluminado.

El matrimonio no le había hecho perder independencia alguna, ni aquellos hábitos de soltero tan difíciles de arrancar á cierta edad. Maximina ni le exigía ni le suplicaba siquiera nada. Con ser esposa del hombre que adoraba se consideraba enteramente feliz. Y los actos cotidianos y vulgares de la existencia eran para ella un manantial de goces inefables. Cuando llegaba la hora de almorzar, levantaba suavemente el pestillo de la puerta del despacho, avanzaba tímidamente hasta su marido y le decía:

—Ya son las doce y media.