Mientras almorzaban, la conversación insignificante que sostenían olía de una legua á amor. Al encontrarse sus ojos se acariciaban tiernamente, y no pocas veces se apoderó Miguel por encima de la mesa de la mano de su esposa para besarla, con gran susto y terror de la niña, que tiraba de ella con fuerza mirando á la puerta, como si por ella fuese á entrar un dragón. El dragón era Juana, que podía aparecer á lo mejor con la fuente entre las manos. Después de almorzar llegaba el rato más dichoso para Maximina. Se iba al despacho con su marido, y éste, después de arrellanarse en una butaca, la sentaba sobre sus rodillas, la atraía hacia sí, ¡y le decía al oído unas cosas tan dulces! Sucedía amenudo que se quedaba dormido, y entonces Maximina no movía un dedo siquiera por temor de despertarle, y aunque la postura fuese incómoda, la sufría hasta que Miguel abría los ojos.

—Vaya, me voy—decía éste levantándose.

—¡Qué pronto!—solía exclamar ella con tristeza.

Miguel la acariciaba sonriendo y se despedía á la puerta. Estas despedidas duraban una eternidad.

—¡Que nos pueden ver del cuarto de enfrente!—decía Maximina, zafándose de sus brazos.

—¡Si está cerrada la puerta!

—No importa, pueden estar mirando por el ventanillo.

Á veces, por embromar á su esposa, trataba de marchar sin despedirse; mas al escuchar el pestillo aquélla dejaba repentinamente lo que tuviese entre manos, en el comedor, en la cocina ó en su cuarto, y corría desalada á la puerta. Cuando no oía el pestillo, Miguel hacía lo posible por que lo oyese.

Maximina se quedaba toda la tarde con las criadas. Además de Juana, habían tomado otras dos, una cocinera y otra doncella, que tuviese mejor noticia del planchado de la ropa que la moza de Pasajes. Cuando al oscurecer llegaba Miguel y hacía sonar la campanilla, el corazón de la niña daba un brinco. Ella misma acudía presura á abrirle la puerta. Algunas veces dejaba que la doncella abriese, mas era para esconderse detrás de la puerta ó en la habitación contigua. En el rostro sonriente de la doméstica comprendía nuestro joven que su esposa andaba por allí cerca, y decía, husmeando con gesto cómico:

—¡Aquí huele á Maximina!