Y se iba derecho adonde estaba y la cogía por el brazo.

—Yo no sé cómo me hallas tan pronto—decía ella con fingido disgusto.

Otras veces abría el ventanillo y preguntaba:

—¿Qué se le ofrece á usted?

—¿Vive aquí D. Miguel Rivera?—preguntaba él mismo.

—Sí, señor; pero no está en casa.

—¿La señora?

—La señora si está, pero no recibe.

—Dígale usted que hay aquí un caballero que desea darla un millón de besos.

Con estas puerilidades se reían y gozaban nuestros enamorados, y jamás se le ocurrió á la esposa pedir cuentas al esposo de su tiempo. Acompañábale al despacho. Miguel cogía un libro, y sentándose decía: