—Vaya, ahora déjame un instante que voy á leer.
—¡Malo! ¡malote!—respondía ella con enfado inocente.—Eres muy malo. En seguida me echas de tu lado.
Miguel se enternecía y la retenía por la mano.
Después de comer pasaban otro rato juntos, y después aquél se iba al café y de allí á la redacción, volviendo á las doce ó la una.
Su esposa se empeñaba en esperarle leyendo algún libro ó dormitando. Los sábados iba siempre al teatro, pues La Independencia no se publicaba los domingos, y también algún día entre semana cuando el trabajo no apuraba mucho. Una noche, bajando la escalera, como Maximina fuese distraída poniéndose los guantes, tropezó y cayó rodando algunos escalones.
—¡Ay, esposa mía!—gritó Miguel acudiendo en su auxilio.
La niña se levantó sonriendo, aunque roja por el susto. No se había hecho ningún daño. Pero el grito desgarrador que dió Miguel había llegado hasta el fondo de su alma. Sólo entonces también comprendió éste de qué modo aquella tierna criatura se había apoderado de su corazón.
Turbóse momentáneamente esta dicha con una leve enfermedad que nuestro héroe padeció en los primeros meses: unos fuertes dolores reumáticos que le retuvieron en la cama algunos días. Se puso pálido, delgado y sobre todo de un humor muy sombrío, pues no era hombre que sufriese con paciencia las adversidades. Maximina se impresionó vivamente, y por más que hacía no le era posible disimular su aflicción. Sentada todo el día al lado de la cama, no apartaba la vista de su marido. De vez en cuando le decía reventando por llorar, pero haciendo esfuerzos para contenerse:
—Te sientes mejor. ¿No es verdad que te sientes mejor? Sí, sí, te sientes mejor.
—Cuando tú lo aseguras estarás bien enterada—respondía él con sonrisa irónica.