Pero viendo humedecerse aquellos grandes ojos tímidos é inocentes, se arrepentía de sus importunas palabras, y añadía acariciándole una mano:
—No hagas caso. Estoy bien. Mañana no tendré nada; ya verás.
Y la niña era feliz algunos minutos, hasta que cualquier queja del enfermo volvía nuevamente á alarmarla.
¡Qué placer cuando al cabo se puso bueno! Fué la primera vez que su marido la oyó cantar en voz alta. Corría y saltaba, bromeaba con las criadas, y hasta supo con buen éxito remedar el acento madrileño que Juana usaba de algún tiempo á aquella parte. Este repentino acceso de alegría bulliciosa formaba un contraste gracioso con la seriedad permanente de su carácter. Miguel, que sabía á qué era debido, la miraba con gozo.
Pero, una vez enteramente bueno, fué preciso oir una misa de rodillas en San Sebastián. Así lo había ofrecido Maximina y así lo rogó con tanta humildad, que no tuvo valor para oponerse. La antigua colegiala del convento de Vergara no podía prescindir de mezclar la religión á todos los actos de la vida. Miguel, á pesar de su poca fe, hallaba tan poética, tan inocente, la piedad de su esposa, que no se le pasó por la imaginación siquiera arrancársela. «Si alguna vez cae en la mogigatería, ya será otra cosa.»
Por eso no tenía tampoco inconveniente en acompañarla todos los domingos á misa. Además, Maximina en los primeros meses no se atrevía á poner el pie en la calle sola. Mas sucedió que con el tiempo se fué descuidando el hijo del brigadier, y á pretexto de que San Sebastián estaba cerca, se quedaba en casa las mañanas de los domingos, mientras Maximina, con valor heroico, se arriesgaba á ir sola hasta la iglesia. No obstante, padecía mucho. Se figuraba que todos la despreciaban, que le iban á decir algo ofensivo. Las miradas hostiles, á la moda entre los indígenas de Madrid, la llenaban de espanto. Hubiera querido ser invisible. Pero no se atrevía á comunicar sus temores á Miguel por no molestarle haciéndole ir á misa contra su gusto. Cierta mañana, poco después de salir para la iglesia, oyó aquél un fuerte campanillazo. Abrióse la puerta del despacho y vió entrar á su esposa pálida como la cera.
—¿Qué te ha pasado?—preguntó levantándose.
Maximina se dejó caer en la butaca, ocultó el rostro entre las manos y comenzó á llorar.
Miguel insistió anhelante:
—¿Te has puesto mala?