La niña hizo señal afirmativa.
—¿Cómo fué, díme?
—No sé—respondió con voz débil y entrecortada.—Poco después de estar en la iglesia sentí así como náuseas... Después los santos empezaron á dar vueltas delante de mí... Sentí que la vista se me quitaba... Sin saber lo que hacía, eché á correr... y me encontré sin saber cómo cerca del altar mayor... Oí decir á la gente: ¿qué es eso? ¿qué es eso? y que había ruido... Yo di la vuelta, y sin mirar á nadie atravesé otra vez la iglesia y salí.
Miguel procuró calmarla. Hizo que le sirviesen una taza de tila y le prometió no dejarla nunca más ir sola á misa. Después de un rato, estando ya de pie y enteramente serena, le dirigió en voz baja una pregunta á la cual, bajando los ojos, contestó negativamente. Entonces, con semblante risueño, volvió á decirle al oído unas cuantas palabras. La niña, al escucharlas, se estremeció, le clavó un instante los ojos con expresión de anhelo, y confusa y ruborizada se dejó caer en sus brazos murmurando:
—¡Oh, no me engañes! ¡No me engañes, por Dios!