partir de este día la dicha serena y apacible que se reflejaba en el rostro de Maximina adquirió un aspecto más recogido, más íntimo, semejante á la expresión mística de los beatos que están seguros de llegar al cielo. No volvió á hablar del asunto con su marido. Cuando éste hacía alguna alusión á él, bajaba la vista sonriendo y se ponía levemente colorada. Pero Miguel comprendía perfectamente que no pensaba en otra cosa, que la idea dulcísima de ser madre tenía embargados todos sus sentidos, su vida y su ser. También él estaba gozoso. Mas no tanto por el nuevo papel que la naturaleza le llamaba á representar, como por ver la alegría de su esposa, cuya trasformación se complacía en seguir, espiando disimuladamente en sus ojos y en sus movimientos el misterio adorable que en su alma se efectuaba.

Cuando iban de paseo por las calles, observaba que dirigía rápidas y ansiosas miradas á los escaparates de ropa blanca, donde estaban expuestos algunos gorritos y camisitas de niños. Y adivinando que tendría gusto en pararse, buscaba pretexto fijándose en los pañuelos ó en las camisetas y dejaba que ella se recrease contemplando las prendas infantiles.

—¿Sabes ya—le decía después—lo que cuesta la docena de camisas de niño?

—No—contestaba riendo.

—¡Á que sí!

Un día, entrando por la puerta de la alcoba en el gabinete, vió que se estaba mirando en el espejo del armario. Le sorprendió, porque nunca mujer alguna estuvo más lejos de la presunción y la coquetería que ella. Mas la sorpresa trocóse en risa al observar que lo que estaba mirando era el bulto que levantaba su figura de perfil. Por no avergonzarla salióse otra vez de puntillas. Paseando otro día por las cercanías del Retiro, acertaron á ver un carro fúnebre pintado de blanco que conducía el ataúd de un niño, Maximina clavó sus ojos en él, con expresión de profunda pena, y después de pasar, todavía le siguió hasta perderle de vista. Después, dejando escapar un leve suspiro, exclamó:

—¡Qué lástima me da de los niños que se mueren!

Miguel sonrió, sin contestar, pensando que su mujer ya temía por el ser que aún no había salido de sus entrañas.

Mientras de este modo suave y deleitoso se deslizaba el tiempo para los recién casados, Marroquín, el hirsuto Marroquín se iba á salir con la suya. La nación estaba sobre un volcán, y no era el antiguo profesor del colegio de la Merced quien menos atizaba á la sordina, y en compañía de nuestro amigo Merelo y García, el fuego de la discordia civil. No se pasaba una sola noche sin que ambos hiciesen en el café de Levante sangrientos pronósticos para lo porvenir. Era incalculable el número de veces en que las instituciones habían quedado «derrocadas» sobre el mármol de la mesa. Los mozos, por escuchar los sermones democráticos, servían mal á los parroquianos. La policía secreta había entrado más de una vez en el establecimiento, al decir de los agitadores de la paz pública; pero no había hecho ninguna prisión, lo cual allá en el fuero interno traía desesperado á Marroquín. Gozaba lo indecible hablando al oído á todos los que llegaban á la mesa, fijando la vista al mismo tiempo en algún tranquilo parroquiano y haciendo fuertes aspavientos á fin de despertar su curiosidad.

—D. Servando—decía en voz alta á un señor sentado allá lejos,—¿piensa usted mañana salir á paseo?