—Siempre, Sr. Marroquín.

—No saque usted á la señora y los niños.

—Hombre, ¿por qué?

—Por nada, por nada. No le digo más que eso.

Pero cuando más gozó el profesor revolucionario fué cuando logró traer al café una noche á su antiguo amigo y compañero D. Leandro. Aún se hallaba éste adscrito á la gleba del colegio de la Merced, que ya no pertenecía ni estaba dirigido por el excapitán de artillería, sino por el capellán D. Juan Vigil. D. Leandro era el único profesor que había quedado de los antiguos, y eso por ser un infeliz y sufrir con paciencia los caprichos y sandeces del capellán, que ahora más que nunca se complacía en atormentarle y dar testimonio á sus expensas de las prodigiosas fuerzas con que natura le había dotado. Marroquín le encontró un domingo en la calle, y después de saludarle con efusión, como tenía por costumbre, comenzó á hablarle mal del cura (como tenía por costumbre también). Esto halagaba infinito al buen D. Leandro, si bien no quería persuadirse de ello, porque aborrecía la murmuración y tenía mucho miedo al infierno, sobre todo al de los condenados: al purgatorio no tanto. Así que Marroquín, á pesar de sus depravadas ideas, logró con este poderoso señuelo que entrase con él en Levante á tomar una copa, de agua, por supuesto. D. Leandro asentía sonriendo á cuantas perrerías se le ocurrían al herético profesor acerca de su enemigo nato. Y todavía de vez en cuando dejaba deslizar alguna palabrita malévola, prometiendo, allá en su interior, confesarlo inmediatamente. Pero lo serio del caso era que el confesor de D. Leandro era el mismo capellán, pues éste, como su glorioso antecesor Gregorio VII, aspiraba á poseer la llave de las conciencias de sus súbditos, y no consentía que ningún alumno ó dependiente del colegio fuese á depositar los pecados en otro seno que en el suyo. Ocasionaba esto, como es lógico, un malestar muy grande para el pobre D. Leandro, que, como se confesaba bien, se veía obligado á decir al capellán todo lo malo que de él pensaba. Mas el tormento de éste era muchísimo mayor y más cruel. Á menudo, mientras D. Leandro desahogaba su pecho, él exhalaba profundos suspiros, y hacía rechinar el confesonario como si el asiento le pinchase. Estuvo tentado á despedirle del colegio; pero consideraba esto como un atentado al sagrado de la confesión, pues D. Leandro cumplía perfectamente con su deber; y para arrojarlo necesitaba fundarse en lo que sabía por el tribunal de la penitencia. Después se le ocurrió mandarle que se confesase con otro. Mas aunque todos los días se prometía hacerle la indicación, nunca llegaba á efectuarlo, y continuaba oyendo desmenuzar sus acciones sin poder defenderse.

—¡Barájoles, qué penitencia me ha dado Dios!—decía luego paseándose por su cuarto á grandes trancos.—¡De qué buena gana le daría un par de mocadas á ese mastuerzo!

D. Leandro al entrar en Levante no contaba que iba á reunirse con tantos señores, ni menos que éstos fueran unos desalmados revolucionarios enemigos de «todo freno religioso». Así que cuando empezó á oirles hablar del Gobierno en los términos en que solían hacerlo, se puso fuertemente colorado y comenzó á dirigir miradas de susto á todas partes, y particularmente á Marroquín.

—¿Sabe usted, Sr. Marroquín?—le dijo por lo bajo.—Podíamos volver la hoja.

Marroquín, sonriendo con superioridad, le contestó:

—No tema usted nada, amigo D. Leandro. La policía ya ha entrado aquí varias veces; pero no se atreve á echar mano á ninguno. Si lo hiciese, como ya la cosa está tan madura, sería la señal para que estallase la gorda.