—¿Qué gorda?

—La revolución, hombre de Dios.

—¡Santo Cristo! ¿Sabe usted, Sr. Marroquín? Estas cosas son muy serias, muy serias... Si usted no se enfadase, yo me iría... Así como así, tengo algo que hacer...

Marroquín le retuvo por el brazo y le obligó á sentarse de nuevo.

—No tenga usted miedo, querido. A usted no le puede pasar nada, porque no figura usted, como yo, en todas las listas que la policía manda al Gobierno.

—No importa. Si á usted no le da más, volveremos la hoja.

La hoja se volvió, en efecto. Pero la página siguiente fué más terrible y endemoniada. Se habló nada menos que de la Reina, y ya pueden todos representarse lo que allí se diría de la augusta señora que estaba próxima á perder la corona y salir desterrada al extranjero. Tan pronto como nuestro profesor oyó algunas de aquellas atrocidades, se puso lívido, y no fué posible retenerlo. Salió sin despedirse, y no paró hasta el colegio, adonde llegó casi sin aliento. El pobre tuvo la inocencia de contar este episodio al mayordomo, y á éste le faltó tiempo para ponérselo en el pico al director. ¡Desdichado D. Leandro! Durante muchos días tuvo que padecer la vaya pesada y grosera del capellán, que ya de antiguo conocemos. Lo que más le afectaba era que delante de los niños le llamase conspirador, con el tonillo sarcástico que el cura usaba en tales casos. Otras veces le apodaba el conjurado de Venecia, todo lo cual hacía reir á los chicos; y como decía muy bien D. Leandro, «la dignidad del profesorado quedaba por los suelos».

Los trabajos de nuestro amigo Mendoza, por mal nombre Brutandór, en pro de la causa revolucionaria, se movían en más alta esfera que los de Marroquín, Merelo y demás gente menuda de la grey liberal. Por lo pronto, ya sabemos que había desaparecido, y en España, esto de desaparecer una persona es cosa que le comunica una importancia infinita, y á veces gloria imperecedera. Porque, en efecto, cuando un hombre desaparece, el público presume, con razón, que debe de ser para llevar á cabo en la oscuridad grandes y notables empresas. Las de Mendoza, aunque no las conocemos, fueron portentosas, según se dijo, pues le obligaron á permanecer escondido en Madrid más de tres meses, cambiando de escondrijo y de disfraz un sinnúmero de veces. Algo sabía Miguel de su vida y milagros, pero últimamente le había perdido la pista.

Así estaban las cosas, cuando cierta noche, después de comer, hallándose Rivera sentado en la butaca del despacho, teniendo á Maximina sobre sus rodillas, sonó un fuerte campanillazo.

La niña se puso en pie de un salto.