—¿Quién será á estas horas?... ¿Ha salido alguna muchacha?—dijo Miguel.

—Creo que no.

Juana entró al instante.

—Señorito, es un mozo de café que desea hablar con usted.

—¿Un mozo de café? No recuerdo tener cuenta pendiente con ninguno... Dígale usted que pase.

—Aguarde, aguarde—dijo Maximina.—Déjeme usted escapar por esta puerta.

Y se salió corriendo por la de la sala, como tenía por costumbre siempre que entraba alguna visita. Al instante apareció el mozo, y Miguel pudo reconocer á duras penas, bajo aquel disfraz, á su amigo Mendoza.

—¡Perico!

—¡Chiiiis!—exclamó éste, haciendo una mueca de susto horrorosa.

Y fué á cerrar apresuradamente la puerta.