—¿Qué ocurre?—preguntó Miguel fingiendo gran ansiedad.

Mendoza se sentó, dió un suspiro, y respondió cándidamente:

—Nada.

—Ya me lo parecía.

Brutandór, sin fijarse en la ironía de aquellas palabras, comenzó á decir en voz de falsete y acercando la boca al oído de su amigo:

—He estado quince días en la Florida, escondido en casa de unos lavanderos...

—Hombre, si lo hubiera sabido, te habría hecho una visita.

—¡Nada de visitas!... Pudieran seguirte y dar conmigo.

—¿Y cómo te ha probado la temporada de campo?

—Lo he pasado bastante mal. No había más que una cama en casa. Por la noche, mientras los lavanderos dormían, yo me salía á dar una vuelta por la orilla del río, y al amanecer, cuando ellos se levantaban, me metía yo en la cama.