—¡Qué calentita y qué riquita estaría!
—Pues á mí me daba un poco de asco, ¿sabes? La comida me la mandaba la condesa de Ríos con muchas precauciones, cambiando de criado á cada momento... Pero anteayer el lavandero no durmió en casa, y esto, como comprenderás, me escamó...
—Es claro; cuando los lavanderos no duermen en casa, es muy mala señal.
—Hoy por la mañana le he visto con dos hombres de mala catadura... sospechosos, y entonces, temiendo que me entregase á la policía, me decidí á dejar el sitio. El mozo de un cafetucho que hay allí cerca me vendió este traje, y al oscurecer me escapé sin decir nada. Pensé en irme á las Ventas del Espíritu Santo, pero la policía registra á menudo aquellos lugares. Entonces se me ocurrió una gran idea: la de venir á tu casa. ¡Cómo diantre se van á figurar que estoy aquí! Una novia que tuve hace años, escondía las cartas entre los papeles de su padre, que andaba loco buscándolas por toda la casa.
—¿De modo que has robado la idea á tu novia? ¡Ni para huir el bulto has de ser original!... En fin, me alegro que hayas venido. No puede menos de lisonjearme mucho tener en mi casa un conspirador de tal importancia... Porque tú no sabes el prestigio de que gozas ni lo que se habla de ti por ahí...
—¿De veras?—exclamó Mendoza poniéndose rojo de placer.
—¡Ya lo creo! Se te cita entre los héroes de la revolución... Pero, querido, lo que mucho vale, mucho cuesta. Cuanto más nombre ganes entre los revolucionarios, mucho más expuesto te encuentras á que el Gobierno haga contigo una barrabasada. Si hoy te cogen, me parece que no te escapas sin cuatro tiros.
—¿Crees tú?...—dijo Brutandór poniéndose horriblemente pálido.
—Lo que oyes... pero no tengas cuidado. Aquí no vendrán á buscarte.
—Mira, te ruego que procures que las criadas no entiendan nada, porque á lo mejor se les escapa cualquier palabrita fuera... ¡y soy perdido!