—Dificilillo va á ser engañarlas—contestó Miguel riendo de la entonación con que su amigo pronunció las últimas palabras.

Acomodóse Mendoza en la casa; mas antes fué necesario que trajesen una maleta de su posada y se mudase de traje en la alcoba de Miguel, hecho lo cual se salió cautelosamente, y al poco rato volvió á llamar entrando en calidad de huésped. Con estas maniobras se engañó ó se creyó engañar á las criadas. Á Maximina no le gustó el acomodo. ¡Era tan feliz viviendo sola con su marido! Sin embargo, dócil siempre á los deseos de éste, ni dijo una palabra ni mostró en el semblante desabrimiento alguno. El tiempo que Miguel pasaba fuera de casa, Mendoza solía acompañarla; pero se pasaban horas sin cambiar una docena de palabras. Á la niña de Pasajes se le ocurría muy poco. Mendoza ya sabemos que tenía la costumbre de callarse las buenas cosas que se le ocurrían. Sin embargo, aquélla le observaba atentamente con el rabillo del ojo y luego comunicaba á su marido sus impresiones. Por más que lo disimulaba, éstas no eran muy favorables para el huésped.

—Me parece que Mendoza no te ha entrado por el ojo derecho.

Maximina sonreía sin contestar.

—Pues es un infeliz.

—Á mí se me figura que no te quiere como tú le quieres á él; que no le importa nada en el mundo más que él mismo.

—Tal vez tengas razón, pero no se puede negar que es simpático. Su egoísmo me hace gracia; es como el de un niño.

Maximina callaba como siempre, trabajando en su interior para que también le fuese simpático, aunque nunca llegó á conseguirlo.

Cinco días después de su instalación, Mendoza recibió una carta de la condesa de Ríos en que le incluía otra de su marido. Ambas llegaron á su poder pasando por varias manos. El General le decía que la persona que facilitaba el dinero para la publicación de La Independencia le avisaba que no podía dar un cuarto más si no se le garantizaban los treinta mil duros que tenía desembolsados. Como él no podía dirigirse á ninguno de sus amigos, ni juzgaba á su mujer idónea para el caso, le encargaba que á toda prisa se viese con el «caballo blanco» y le buscase una firma que consiguiese aplacarle, pues el periódico en aquellos críticos momentos les hacía muchísima falta. Mendoza entregó la carta á Miguel.

Aunque nada tenía que ver con la administración del periódico, ya hacía tiempo que éste sabía las dificultades monetarias con que luchaba La Independencia. Después de leer atentamente la carta, dijo levantando la cabeza: