—Bien, ¿y qué?...
—Que, como tú comprenderás, yo no puedo encargarme de este asunto, porque no saliendo de casa...
—Bueno, y quieres endosarme el mochuelo, ¿verdad?
Mendoza calló, poniendo los ojos en el suelo.
—Pues, amigo mío—dijo en tono resuelto el hijo del brigadier,—tengo el sentimiento de anunciarte que yo no sirvo para pedir dinero ni garantías de dinero á nadie.
Ambos guardaron, después de estas palabras, un rato de silencio. Al fin Mendoza, sin separar los ojos del suelo y visiblemente acortado, comenzó á decir:
—Yo creo que si tú quisieras se podría arreglar sin pedir nada á nadie... Á Eguiburu le bastaría seguramente con tu firma para seguir entregando las cantidades que acostumbra todos los meses...
Miguel le miró fijamente sin que el otro levantase la cabeza, y dijo sonriendo:
—Eres el hombre de las ideas felices. Si te mueres antes que yo, pienso decir, con tu cráneo en la mano, mejores cosas que Hamlet con el de Yorik.
Después se puso repentinamente serio, y comenzó á pasear por la habitación con la carta en la mano. Al cabo de un rato se paró delante de su amigo, que aún continuaba en la postura de colegial castigado, y le dijo: