—¿Y á mí quién me garantiza que el General pague mañana esos treinta mil duros?
—El General es hombre de honor.
—Eguiburu, por lo que se ve, no admite esa moneda; quiere oro ó plata.
—Además, el Conde tiene muchos amigos capitalistas. Algunos de ellos ya sabes que están comprometidos en el movimiento, y aunque fuese repartiendo entre todos el dividendo pasivo del periódico, quedaría pagado.
Discutieron todavía largo rato el asunto. Miguel, en el tono de burla que acostumbraba; Mendoza, con su imperturbable gravedad, sin mostrar impaciencia, pero insistiendo constantemente en sus razones. Riverita fué el vencido. Cedió al cabo á poner su firma. Además de los ruegos de su amigo, movióle á hacerlo el interés que tenía ya por la vida del periódico y el cariño que le había tomado. Por otra parte, aunque se burlase del honor del General, no dudaba de él, y estaba convencido de que no le dejaría en las astas del toro.
Cuando al día siguiente le dijo á Maximina lo que había hecho, ésta se calló y siguió trabajando en la puntilla que tenía entre manos.
—¿A ti qué te parece? ¿Habré hecho mal?
Maximina levantó sus dulces ojos rientes.
—¿Me lo preguntas á mí? Yo no entiendo nada de negocios. Además, para mí lo que tú haces siempre está bien hecho.
Miguel la besó y quedó convencido... de que había hecho una gran tontería.