Pocos días después, estando solos en el despacho, Mendoza le hizo una confidencia que le llenó de asombro.
—Tengo que decirte una cosa, Miguel...
—¿Y es?
—Que me caso.
—¡Cuánto me alegro! Sepamos quién es la desgraciada que ha tenido tan mal gusto.
—Me caso con Lucía Población, la viuda del general Bembo.
Debemos advertir, por si no lo hemos advertido ya, que el gigante D. Pablo hacía siete meses que había fallecido en Puerto Rico.
Miguel quedó estupefacto. No pudo reprimir un gesto de repugnancia. Á aquel hombre le constaba qué clase de mujer era la generala Bembo. Sabía perfectamente las relaciones que había sostenido con ella. ¡Y tenía estómago para hacerla su esposa! Por unos instantes permaneció suspenso sin saber qué decir, cosa que pocas veces le había sucedido en su vida. Después murmuró:
—Muy bien, muy bien; te felicito.
—En cuanto cumpla el año de luto, que será dentro de cinco meses, nos casamos. Es una mujer muy agradable... Después de tratarla íntimamente, me he convencido de que todo lo que se dice de ella por ahí es pura fábula. La pobre señora es víctima de unos cuantos tontos que la han pretendido sin conseguir nada.