—¿Qué pasa?—preguntó éste, viéndole tan descompuesto.

—¡Nada—respondió Mendoza con voz débil, dejándose caer en una butaca y tapándose el rostro con las manos,—que mi cabeza no está segura sobre los hombros!

—Eso siempre lo he dicho yo. Es demasiado grande.

—¡Déjate de bromas, Miguel! ¡La cosa es muy grave! Ya saben por ahí que estoy escondido en esta casa, y el día menos pensado vienen á echarme mano.

—¿Quién te ha dicho eso?

—Plácida... El tendero de abajo lo sabe todo. ¡Figúrate quién no lo sabrá ya!... No puedo permanecer un día más aquí. Necesito buscar otro escondite. Lo mejor será salir de Madrid.

En otras circunstancias, Miguel le hubiera disuadido de esta determinación, porque estaba bien convencido de que su amigo, ni allí, ni en ninguna parte, corría peligro alguno; mas ahora, por las razones antes apuntadas, no tomó empeño en retenerle.

Después de discutir un poco, se convino por ambos que Mendoza se trasladase aquella misma tarde (por la noche había más vigilancia y podían darle el alto) á las Ventas del Espíritu Santo, disfrazado de aguador, y desde allí, si había peligro, se escapase de Madrid por la línea del Norte, para lo cual quedaba Miguel encargado de buscarle un pasaporte. Al efecto, se le compró al aguador de la casa el traje, que por cierto no estaba ni muy nuevo ni muy limpio. Después de emplear una hora en disfrazarse, untándose la cara con bermellón, alborotándose los cabellos, ensuciándose las manos, etc., etc., se fué nuestro revolucionario con la cuba al hombro hasta el gabinete, y se plantó delante del armario de espejo.

—¡Me conozco!—exclamó, con una cara tan angustiada, que Miguel y Maximina se echaron á reir como locos.