No pudo, sin embargo, arrancar de sí aquel sentimiento de repugnancia que la noticia le produjo. Había disculpado hasta entonces todos los rasgos de egoísmo de su amigo. Lo que iba á hacer ahora era demasiado abyecto para que se lo perdonase. Así que no dejó de sentir alegría secreta cuando, por cierto acontecimiento que sobrevino, Mendoza se decidió á abandonar su casa.
Hablaba éste un día con una de las doncellas revelando en su fisonomía gravemente benévola que no era del todo insensible á los ojillos negros y picarescos de la muchacha, quien lo era menos aún al corpanchón robusto y al rostro fresco y sonrosado del huésped. Mientras ella hacía su cama con remilgados ademanes volviéndose á cada instante para contestarle, él permanecía en una butaca con las piernas extendidas y un periódico en la mano.
—¡Qué deseos tengo, señorito, de que ustedes ganen!—dijo la chica después de un rato largo de silencio.
—¿Qué hemos de ganar, Plácida?
—Que ustedes tiren el Gobierno... vamos... y manden ustedes.
—Yo no me ocupo de esas cosas—respondió Mendoza poniéndose repentinamente serio.
—¡Vamos, señorito!—dijo la muchacha.—¿Se figura usted que no estamos enteradas de todo? ¿Pues por qué no sale usted de casa, entonces? Por miedo á los guindillas... ¡Que el diablo los lleve!... Desde que me quiso uno llevar á la cárcel por sacudir una alfombra, no los puedo ver ni pintados.
—¿Quién le ha dicho á usted que yo no salgo á la calle por miedo á los guindillas?—preguntó Mendoza, pálido ya.
—Pues el amo de la tienda de abajo. Nos dijo á la Juana y á mí que teníamos en casa un señor muy principal escondido, pero que no estaría mucho tiempo porque toíto estaba arreglao ya pa la rivolución... No no tenga usted cuidao, señorito—añadió viendo la palidez de Mendoza,—que el tendero no dirá nada, porque es más liberal que Riego... ¡Anda, anda, pues poquita gana que él tiene de que se arme!
Mendoza, lívido ya, se levantó del asiento y, sin contestar, salió del cuarto tambaleándose y se dirigió al despacho de Miguel.