—Sí... No he reparado mucho; pero me parece haberte visto en la plaza...

—¡Vaya! Si no es por mí que me he metío en los mismos cuernos, á D. Ricardito le engancha ayer el segundo novillo... ¡Mal animal era aquél! Como que ya le habían toreado en el pueblo, sigún me dijo el pastor. El de usted, señorito, era un torete mu vivo, mu bravo y al mismo tiempo mu valiente. La estocá resultó que ni pintá.

—¡Phs! regular, regular...

—Manífica, D. Enriquito, manífica. ¡Lástima que al pasarlo haya usté bailado un poquirritiyo!

—¡Que yo he bailado!—exclamó Enrique poniéndose rojo.—Hombre, me parece que entiendes tanto de toros como el forro de mis pantalones... ¡Pues no dice que yo he bailado!

La modestia, que sólo estaba prendida con alfileres, se le escapó de pronto. El criado, visto el mal efecto de su crítica, quiso enmendarla.

—No, si la brega ha sido superior, señorito: un poco más movida ó un poco menos, eso no vale na.

—Pues valga ó no valga, ya hemos hablado bastante, y no tengo más ganas de oir simplezas...

Y abrió la puerta para dejarle paso, y en cuanto salió, la cerró con estrépito, murmurando:

—¡El diablo del babieca! Lo del baile se lo habrá dicho Ricardito... ¡Más le valiera á ese morral tener vergüenza y no dejar que Felipe Gómez parase los pies á su toro!