Y convencido plenamente de que la mancha caída en la honra de su émulo no la borrarían todos los perfumes de la Arabia, quedó relativamente tranquilo. La lectura de los periódicos y la presencia de la ensangrentada oreja, mudo testimonio de su valor, concluyeron por volverle toda la calma. Pero una cosa le preocupó en seguida, y fué la manera que tendría de conservar aquel trofeo. Si la dejaba en tal estado, no tardaría en pudrirse. ¿La metería en alcohol? Se le caerían los pelos y quedaría convertida en un cartílago indecoroso. ¿La disecaría? Necesitábase averiguar si era posible. Determinó llevársela después de comer á Severini, el disecador de la Carrera de San Jerónimo. En la mesa se habló de la novillada. D. Bernardo estaba ya enterado por los periódicos de la proeza de su hijo, y aunque lisonjeado en el fondo del alma por los aplausos que le tributaban, no dejó de mostrarse severo y reprenderle, aunque no con tal acritud como otras veces.
—Vaya, vaya, Enrique, que sea la última vez que te exhibes en público de ese modo. Ya sabes que no me gusta que un hijo mío, aun haciéndolo bien, haga el papel de torero.
Enrique adivinó que su padre no estaba enfadado, y se confirmó en el antiguo axioma de que el éxito feliz borra todas las culpas. Encendió un cigarro, envolvió la sagrada oreja en un trapo, se la metió en el bolsillo y salió á la calle enderezando sus pasos hacia el café Imperial, esperando recibir allí nuevos plácemes de sus inteligentes amigos, y disertar toda la tarde acerca de la novillada de Vallecas. De paso contaba entrar en casa de Severini.
Serían las tres de la tarde y hacía bastante calor. Nuestro teniente (porque había ascendido) caminaba por la calle del Baño vestido á la última moda, levita inglesa abrochada, pantalón claro, bota de charol y sombrero de copa puntiaguda. Había querido vestirse así y dejar el traje chulesco que ordinariamente gastaba para dar más fuerza y relieve á su portentosa estocada del día anterior. Caminaba lentamente, con la marcha tranquila y presuntuosa de los hombres satisfechos de sí mismos, dirigiendo miradas penetrantes á los transeuntes á ver si le reconocían, y lanzando bocanadas de humo á los aires. Nunca se había hallado en tan feliz situación de cuerpo y de espíritu.
A la puerta de una casa de vacas estaba una joven sentada con un libro entre las manos. Enrique le dirigió una mirada al pasar, y las benévolas disposiciones en que se encontraba respecto á todo ser viviente le impulsaron á detenerse un instante y contemplarla con ojos risueños. La muchacha levantó los suyos, que eran grandes y negros, con cierta expresión entre fiera y maliciosa. Después de mirarle fijamente un buen espacio, los convirtió de nuevo al libro con marcada indiferencia.
Enrique avanzó hasta colocarse frente á ella, y le dijo en tono melifluo:
—¿Qué lee usted, hermosa?
La joven levantó de nuevo sus ojos y, examinándolo con atención algún tiempo, respondió:
—Memorias de cuatro pillos.
Y recalcó mucho la última palabra.