Enrique quedó un poco confuso; pero continuó inmóvil con la sonrisa en los labios. La joven se enfrascó de nuevo en la lectura. Al cabo de un rato volvió á levantar la vista, y le dijo con brío, en un tonillo irónico donde se traslucía la irritación:

—Pase usted, caballero, pase usted.

—De mil amores, prenda—repuso Enrique entrando en la tienda y colocándose en pie detrás de la chica.

Tornó ésta á mirarle con gesto altanero y le dijo muy seria:

—Hombre, me gusta usté por lo sinvergüenza.

—Y usted á mí por lo simpática.

—¡De veras! ¿Y desde cuándo?

—Desde la esquina, que la he visto á usted.

—¡Ay qué gracia! ¿Too eso sabía usté y se lo tenía callao?

—¿Pues á quién había de contárselo?