—A su abuela, hijo mío.
—No la tengo; la he perdido cuando era muy chiquitín.
—¡Qué mono!
—No; era más feo que ahora todavía.
—¿Y no lo enseñaba su papá en la feria?
—No me acuerdo. ¡Cáspita! ¿Tan feo me juzga usted?
—Pa qué le he de engañar... Como feo es usté más feo que azotar á un Cristo.
—Manolita—gritó la frutera de enfrente,—¿desde cuándo te has echao quitabrisas?
—Ahora mismito; ¿qué te paece?
—¿Se llama usted Manolita?—le preguntó Enrique.