—No, señor; me llamo Manuela.

—¡Qué saladísima y qué rica!

—¿Pus cuándo me ha probao usté?

Manolita era una chula en el porte, en el gesto, en el vestido, en el acento de sus palabras y en todos sus ademanes; pero era una chula muy linda, lo cual no es ningún milagro. Las hay como rosas de Alejandría por esas calles de Dios. Era su rostro ovalado, de color blanco mate; los ojos negros y rodeados de un leve círculo oscuro; negros también los cabellos, y peinados con sortijillas en las sienes; blanca y menuda y apretada la dentadura; la expresión de aquel conjunto grave y desdeñoso, como conviene á toda chula que no esté tirada á los perros.

—¿Conque decía usté que se iba de paseo al instante?

Enrique no había dicho semejante cosa.

—Antes de irme quisiera que usted me diese un vasito de leche.

Manolita se alzó gravemente de la silla, dejó en ella el libro y se dirigió al mostrador, y sin decir palabra llenó un vaso de leche, lo colocó sobre un plato y fué á posarlo en una de las tres ó cuatro mesillas de mármol que allí había. Mas al observar que Enrique no se sentaba y permanecía inmóvil en medio de la tienda, siguiendo sin pestañear todos sus movimientos, se detuvo repentinamente y le dijo con aquel tonillo irónico que no se le caía de los labios:

—¿Es que se lo quiere usté beber en casa, cabayero?

—En casa no lo bebiera aunque me diesen cinco duros.