—¡Pus hijo, ni que fuera rejalgar! Vaya, lo echaremos otra vez en la botija. No sea que se ponga usté malo y haya que mandar por la camilla al hespital.

Y diciendo y haciendo se fué derecha á la botija; mas Enrique la detuvo.

—No he querido decir eso, hermosa. En casa sí me haría daño, pero aquí... ¡Aquí se me hace todo gloria viéndola á usted!

—Señorito, usté necesita tila en vez de leche.

—¡Puede!... ¿Cuánto es esto?—añadió después de beber mirando risueño á Manolita.

—Menos de una onza.

—¿Cuánto?

—Medio rial.

Sacó unas monedas del bolsillo y, al posarlas en la mano de la chula, se sintió acometido súbitamente de una benevolencia vecina del entusiasmo hacia ella. Para dar testimonio de este sentimiento tan conforme con la esencia de la naturaleza humana y con el espíritu y doctrina del Cristianismo, que nos manda amar á nuestros semejantes, nuestro teniente no halló arbitrio mejor que darla un tierno abrazo acompañado de un beso más tierno aún. Mas antes de llevar á cabo tan plausible propósito, había echado una mirada cautelosa en torno para cerciorarse de que nadie vendría á turbar aquel acto benéfico, y se le habían erizado previamente los bigotes, como es costumbre en los buenos perros ratoneros. Una vez preparado de esta suerte, ¡allá voy!

Al verse en los brazos del teniente, la chula se revolvió como una fierecilla; desprendióse instantáneamente, dejó volar la mano, y ¡zas! le encajó un soberbio cachete en mitad de las narices.