De antiguo sabemos ya que las narices de Enrique tenían cierta influencia magnética sobre los cachetes, y los atraían como las agujas metálicas atraen las chispas eléctricas. Recordamos esto para que nadie se extrañe de que la bofetada hubiera ido á dar á aquel sitio delicado en vez de otra región del rostro. Dos chorritos de sangre salieron al instante por sus ventanas harto espaciosas, á dar fe de que Manolita no tenía las manos de cera, aunque lo pareciese en lo bien torneadas. Al ver la sangre, se embraveció más, como las leonas del desierto, y en poco estuvo que no le despedazase con un canjilón de hoja de lata, pues empuñado lo tuvo, y aun enarbolado un buen rato.
—¡Ay, qué rediós! ¿Qué me pasa?... ¿A usté qué se le ha figurao, tío silbante?... A usté le han engañao, señor. Le voy á aplastar del todo esa cara de chivo si no me la quita de delante más pronto que la vista...
Enrique se secaba las narices con el pañuelo, murmurando:
—¡Diablo, diablo, me ha hecho sangre!
—¡A ver si se larga usté, seo morral!... ¡seo morrral!... ¡seo morrrral!
Y cada vez iba recalcando más la erre, como si la salvación de su honra, puesta en peligro por el osado teniente, dependiese de la acertada pronunciación de esta preciosa paladial.
—Pero deme usted antes un poco de agua para lavarme... no puedo salir así.
—¡Agua de limón verde le daría yo! ¡Largo de aquí, tío indecente!
La joven extendía la diestra hacia la puerta con tanta dignidad que no cabía más. Enrique, atento á limpiarse la sangre y mirar con sorpresa las manchas que iban dejando en el pañuelo, no pudo apreciar en lo que valía aquella soberbia actitud digna de Juno, Palas, Cibeles ó cualquier otra diosa de la antigüedad. No obstante, la diestra mitológica se fué poco á poco doblegando á impulso de la compasión, y hasta al cabo de unos instantes fué la misma que trajo una jofaina, trasvertiendo de agua, de la trastienda, y la dejó sobre la mesa de mármol al lado del funesto vaso de leche que el morral se acababa de beber. Mas no vaya á creerse que esta operación dañó poco ni mucho á la dignidad de que la hermosa chula se había revestido; antes, al contrario, le dió más realce y esplendor. Y mientras el teniente se remojaba las narices sorbiendo el agua con miedo, ella, arrojándole miradas de olímpico desprecio al cogote y murmurando amenazas, se fué á sentar de nuevo á la puerta con el libro entre las manos.
Cortada la hemorragia y después de secarse bien con el pañuelo, salió el morral de la tienda y tuvo la desvergüenza de decir al pasar por delante de Manolita: