—Adiós, hermosa: no le guardo á usted rencor.

Nadie se atreverá á suponer que Manolita levantó siquiera los ojos del libro, cuanto más contestar á aquel tío.

Enrique se fué al Imperial con las narices rojas y un si es no es inflamadas, pero tan contento como si tal cosa. Los plácemes de los toreros y cierta disputa que duró toda la tarde, acerca de si es ó no lícito que el espada tenga un muchacho á las salidas en la brega cuando el toro no está huído y se revuelve por sí, le borraron de la memoria á la chula y su bofetada. Sólo al día siguiente, cuando salió de casa después de almorzar, le asaltó el recuerdo de su aventura. En vez de ascender por la calle del Prado para tomar la del Príncipe, como tenía por costumbre, se embocó por la del Baño lo mismo que el día anterior. Desde los primeros pasos que en ella dió, pudo columbrar allá á lo lejos el vestido á cuadros de percal y el pañolito azul de Manolita. El teniente sonrió, no recordando más que la parte deleitable del suceso. Era una de sus cualidades la de ver todas las cosas de este mundo por el aspecto más risueño. Y murmuró con dejo protector:

—Allí está mi chulilla. ¡Caramba si es salada y desenvuelta!

Y con una sonrisa almibarada entre los labios, se fué acercando lentamente á la vaquería, soltando bocanadas de humo y balanceándose como hombre cuya felicidad no podía ser turbada por bofetada de más ó de menos. Al llegar cerca de la joven, se detuvo lo mismo que el día anterior. La chula levantó la cabeza y, clavándole sus ojos airados, le dijo:

—¿Vuelve usté por otra?

—Si tiene empeño en dármela...

El rostro canino de Enrique expresaba una satisfacción tan pura, y al expresarla se había puesto tan horroroso, que la chula no pudo atajar una sonrisa que le brotó á la cara. Y bajándola para no comprometerse dijo:

—Vaya, vaya, siga usté su camino.

—No sea usted rencorosa, Manolita, y perdóneme.