—¡Música! Yo no soy cura pa dar asoluciones.
—Pues penitencias ya las sabe usted poner.
—No tal; debí darle con el canjilón, pa que no le quedase ganas de ponerse otra vez delante de mi vista.
—¡Eso sí que no! Las narices me puede quitar, ¡pero las ganas de verla á usted, nunca!
La chula, en estos dimes y diretes, se fué humanizando. Enrique, después de pedir permiso respetuosamente, consiguió entrar en la tienda y sentarse á tomar un vaso de leche. Y en buen amor y compaña, el teniente comenzó á hacerle el amor por lo fino, y la chula á contestarle por lo basto, bien que adivinándose que no le pesaba de ser festejada por un señorito de bomba. Enrique se hacía querer pronto por su carácter campechano y optimista. Manolita, hallándole como antes horroroso, comenzó á sentirse atraída hacia él.
—Pa qué más de la verdá—concluyó por decir:—es usté feo, pero tiene usté un aquel... vamos... particular.
—Sí, ya sé—respondió el teniente con gravedad:—soy feo, pero gracioso.
—¡No, eso tampoco!—exclamó la chula riendo.
—Bien, pues caigo en gracia sin ser gracioso.
—Eso es.