Cuando más embebidos se hallaban en su plática sabrosa, hé aquí que suenan en la trastienda unos pasos rudos y estrepitosos. Un hombre, mejor dicho, un gigante tuerto, aparece en la puerta del foro en mangas de camisa, calzones de paño pardo, faja encarnada y boina: el rostro, tan feo y temeroso como el de sus progenitores los cíclopes. Después de echar una mirada torva por el establecimiento, sin ver á Enrique ó sin que aparentase haberle visto, dejó escapar dos ó tres gruñidos, avanzó vacilando hasta el mostrador y, fijando su ojo vidrioso en el sombrero reluciente de felpa que el teniente había colocado allí, lo tomó con mucha delicadeza entre sus manazas descomunales, lo examinó con curiosidad como el naturalista que acaba de tropezar con un nuevo zoófito, y algo que quiso ser sonrisa pero que no pasó de mueca horrenda contrajo sus labios gordos y amoratados.

—Oj, oj, oj... Trr, trr, trr... ¿Hay un marqués en mi tienda, mal rayo?

Y echó otra mirada por la salita sin fijarla en parte alguna, como si allí no hubiese seres vivientes. Después, con mucha calma y cuidado, cual si ejecutara con él una de las últimas operaciones del arte, aplastó el sombrero hasta convertirlo en una tortilla; hecho lo cual, arrojólo por la puerta al medio de la calle con no menos delicadeza y sosiego.

Enrique se puso súbito rojo como una guindilla; inmediatamente pálido. Se alzó vivamente del asiento y, nuevo David, tuvo impulsos de arrojarse sobre el gigante; pero Manolita le contuvo haciéndole un sin fin de expresivas muecas, encaminadas todas á demostrar que el cíclope no estaba seco por dentro. Entonces Enrique se salió muy desabrido de la tienda.

—Padre, el sombrero era de ese cabayero, que es un parroquiano.

—Tú, á callar... ¿estamos?

Y para que mejor se hiciese cargo de este deseo, la tumbó de un bofetón.

Pero Enrique, ni oyó la amable advertencia de la hija, ni la suave contestación del padre, ocupado como estaba en estirar y aliñar el sombrero.

—¡Cuando yo vuelva á esta cochina tienda!...—exclamó encasquetándoselo con furia y marchando como un vendaval calle arriba en busca del sombrerero.