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en efecto, no volvió... hasta el día siguiente; pero fué vestido de corto, esto es, con chaquetilla, pantalón ajustado y sombrero pavero.
—Oiga usté, señorito, ¿va usted al matadero á desollar alguna res?...—le preguntó Manolita así que le vió de aquella traza.
Y comenzó el tiroteo amoroso, él haciéndose jalea y puras mieles, ella contestando á cada requiebro con un fiero desplante. Enrique no se desanimaba por eso, y tenía razón. Por el ejemplo de sus amigas y compañeras y por su ruda educación, la chula estaba armada de una cáscara dura, llena de pinchos; pero bien sabe Dios, y Enrique lo supo también, que en el fondo era una pobre muchacha, buena, hacendosa, sufrida, ignorante como un pez y más inocente en ciertas materias de lo que hacía presumir su lenguaje y modales. Había perdido á su madre hacía cosa de dos años. Una hermana se había casado con el maestro de un cortijo y vivía hacia las Vistillas. Ella habitaba con su padre, que era vizcaíno, establecido en Madrid desde mucho atrás, en un cuartito con dos compartimentos frente al corral de las vacas. Era madrileña legítima, hasta el punto de no haber puesto siquiera los pies en un coche del ferrocarril ni haber ido en sus paseos más allá de Carabanchel. El vizcaíno, desde la muerte de su mujer, que no poco le contenía, se emborrachaba cada vez más amenudo y hacía sufrir á su hija muy malos tratos; pero ella estaba tan avezada á ellos ya en tiempo de su madre, que no se le había ocurrido siquiera que pasaba una vida muy desgraciada. Cuando cierto día se lo indicó Enrique, después de presenciar uno de aquellos actos de barbarie á que con frecuencia se entregaba el vaquero, le miró con sorpresa y le dijo que sí, que tenía razón, que era muy desdichada; pero en un tono que parecía expresar: «Hombre, ¿sabe usted que no había caído en ello?»
Entre unas y otras, asistiendo á diario á la vaquería, sufriendo las frescas, los rempujones y tal cual gofetá cuando se desmandaba, de la gentilísima chula, Enrique, quedó burla burlando, preso en las redes de su amor. Con el cafre del padre tuvo unas cuantas reyertas al principio. Después se hicieron grandes amigos desde que aquél supo que el señorito era inteligente en toros, que había lidiado novillos y era amigo íntimo de los mejores espadas, á los cuales profesan los plebeyos de Madrid fervoroso culto. Cuando entraba borracho en la tienda, Enrique tomaba el sombrero y se salía y al otro no le extrañaba nada esta conducta: de este modo evitaba los choques con él. Por las tardes se pasaba lo menos dos horas conversando con Manolita. Por las noches, después de cerrar la tienda, la acompañaba á los cafés á cobrar la leche que habían gastado en el día: él se quedaba á la puerta mientras ella arreglaba sus cuentas con el dueño. Como la chula tenía golosos, y éstos, de la clase del pueblo, veían con malos ojos que un señorito la galantease, nuestro teniente se vió repetidas veces amenazado y aun atacado; pero ya sabemos que en su calidad de bulldog era de lo más rabioso y atravesado. Con un bastón de hierro, que jamás le abandonaba, supo defenderse tan bien, que Manolita quedó altamente complacida, después de haberle ayudado bravamente, repartiendo á los agresores algunos soplamocos tan devastadores como bien dirigidos.
¿Cuáles eran los intentos de Enrique al comenzar estos amores? No podían ser más perversos é insidiosos. Contaba seducir á la chula, y á la postre llamarse andana. Mas él propuso y Dios dispuso: al mes de hallarse en relaciones, Manolita le tenía prisionero á sus pies, manso y domesticado como un perro de saltimbanqui; y esto (digámoslo en su bien, ya que referimos lo malo), porque tenía noble corazón y le compadecía la suerte de aquella pobre chica; tanto, que formó resolución de casarse con ella. Dando vueltas en la cabeza á este pensamiento estuvo algunos días, hasta que se arriesgó á abrir su pecho á su madre. D.ª Martina se irritó lo indecible, sin querer recordar su primitiva condición de planchadora; mas como era mujer de buena pasta, y Enrique su ojo derecho, pronto tomó partido por él, aunque nunca quiso hablar del asunto á su marido, pues conocía su genio y estaba bien convencida de que antes le harían pedazos que consentir en aquel matrimonio. Al fin, el teniente, no teniendo valor para hablar á su padre, determinó de escribirle, dejándole la carta sobre la carpeta de su mesa. D. Bernardo no contestó ni se dió siquiera por enterado de haberla recibido. Trascurridos algunos días, le dejó otra en el mismo sitio; idéntica contestación. Lo único que observó fué que el rostro de su padre, de ordinario nublado, lo estaba mucho más. Entonces, después de suplicar á sus hermanos Vicente y Carlos que interviniesen en su favor, y después de haber recibido de ellos una seria y rotunda negativa, fué á pedirle igual merced á su primo Miguel, con el cual seguía manteniendo viva y entrañable amistad.
—¡Buena recomendación la mía!—le dijo éste.—Si quieres que tu padre te eche de casa á puntapiés, la mejor que puedes buscar.