—No lo creas; mi padre te quiere, por más que no lo dé á conocer. Es él así... seco en apariencia... pero en el fondo muy cariñoso.
Miguel sonrió, respetando aquel juicio de un hijo bueno, y siguió negándose á su pretensión; mas tanto le instó y con palabras tan fervorosas y hasta con lágrimas, que al fin, aunque de muy mal grado, consintió en visitar á su tío y hablarle del negocio.
El día señalado para la entrevista, Enrique le aguardaba paseando por el corredor, en un estado de agitación fácil de explicar. Cuando llamó á la puerta, él fué quien le abrió.
—¡Qué pálido estás, amigo!—le dijo Miguel.
—Me salta el corazón más que si fuera á batirme.
—¡Pobre Enrique! Toma ánimo, que aunque el negocio salga mal, como preveo, no te faltará una hora para ahorcarte del hermoso árbol que has elegido.
—Mira, yo no puedo aguardarte en casa... Tengo la cabeza como un horno y necesito refrescarme... Te espero en el Imperial.
Antes de pasar á la habitación de su tío, Miguel fué derecho á la de Vicente, que continuaba siendo el maestro de ceremonias de la familia. Recibióle éste con la gravedad afable que le caracterizaba, y tuvo la amabilidad de ponerle al tanto, en una relación tan circunstanciada como interesante, de que el tubo que conducía el agua á su lavabo había sufrido aquellos días una pequeña rotura, lo cual había ocasionado filtraciones que estuvieron á punto de echarle á perder un tapiz de los Reyes Católicos; pero afortunadamente, había acudido en tiempo, y después de buscar mucho, había logrado tropezar con la malhadada grieta. En seguida de ésta, le hizo otra relación no menos interesante de cierto sistema de campanillas que había adoptado para entenderse con los criados y el cochero. Por último, el hijo mayor de los señores de Rivera, dando testimonio de una generosidad que tanto le honraba á él como á su primo, saco del armario un pequeño tríptico de marfil, recientemente adquirido en el Rastro. Era una obra primorosa, una verdadera joya, al decir de su dueño, aunque estaba un poco deteriorado. Después de bien mirado y admirado por ambos, dijo aquél, volviendo á colocarlo en su sitio y haciendo esfuerzos por no soltar la carcajada:
—¿Á que no sabes lo que quería darme el señor de Aguilar por este tríptico?
—No puedo calcular.