—Pásmate, Miguel... ¡un Trajano!... ¡Mira tú que querer meterme á mí un Trajano!

Y Vicente, no pudiendo resistir más, soltó el trapo de la risa hasta saltársele las lágrimas.

—¡Qué disparate!—exclamó Miguel riendo también, aunque sin saber á punto fijo lo que era un Trajano, ni mucho menos la equivalencia que podía guardar con un tríptico.

El buen humor que con este gracioso recuerdo se le despertó á Vicente dió por resultado el que á todo trance tratase de complacer á su primo.

-Tú quieres hablar con papá, ¿verdad? Pues mira, ahora está haciendo gimnasia en su cuarto; pero, de todos modos; voy á llevarte á él.

—¡Haciendo gimnasia!—exclamó Miguel lleno de sorpresa.

—Se lo ha prescrito el médico, porque había perdido completamente las ganas de comer, ¿sabes? Nada: no probaba bocado, y aun hoy come muy poco. Está amarillo y flaco de dos meses á esta parte, que no le conocerás.

Al entrar en la adusta y severa mansión de su tío, Miguel quedó, en efecto, profundamente sorprendido observando el cambio que en la figura del respetable caballero se había operado. El traje singular que llevaba puesto contribuía no poco á darle un aspecto siniestro y medroso: no traía más que una camiseta de punto, la cual dejaba ver su torso escuálido y huesoso, y amplios calzones de dril donde sus pobres canillas apenas se advertían. El rostro, largo siempre y descarnado, lo parecía ahora mucho más; la tez amarillenta, los ojos tristes y vidriados. Y como la navaja continuaba su obra devastadora, el bigote no era ya más que una exigua motita blanca debajo de la nariz. El gabinete estaba convertido en un gimnasio: había paralelas, algunos pares de pesas por el suelo, y colgadas del techo unas anillas de hierro.

Cuando entró Miguel, su tío estaba dando un paseo por las paralelas. Tuvo tiempo á contemplarle á su sabor, y no dejó de causarle pena. Observando aquel rápido y asombroso decaimiento, no pudo menos de decirse:—Es imposible que mi tío no haya tenido algún disgusto gordo.—Y como el caballero, absorto en la tarea penosa de salvar sobre las manos las paralelas, no advertía su presencia, dijo en voz alta:

—Buenos días, tío.